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A favor de la memoria

¨Mi soledad es la palabra abuela, que nunca oiré, salvo en el negro abismo de mis sueños" Ana No, Agustín Gómez Arcos

Somos hijos de los hijos; nietos y bisnietos de la guerra. Atravesados por una vieja herida que aún supura. Nadie reparó el trauma. Los márgenes siguen llenos de ausencias. El olvido nunca significó transición. Los demonios durmientes del pasado acechan.

El fascismo ha engrasado la maquinaria. Ha puesto en funcionamiento toda su artillería, exhibiendo —sin pudor— una dialéctica imperialista y excluyente, cargada de testosterona y visceralidad. Lo que parece imponerse hoy es una preocupante normalización de posturas que antes se consideraban inaceptables. Se difunden, de manera incipiente, proclamas de carácter clasista, racista, homófobo, misógino; al tiempo que se observa un inquietante culto al autoritarismo. Esta tendencia no solo muestra un retroceso en términos de convivencia y civismo, sino que también invita a reflexionar sobre los mecanismos estructurales que están permitiendo —e incluso promoviendo— este tipo de posicionamientos.

La radicalización del discurso va en aumento, no se trata un fenómeno casual, sino de una estrategia orientada a la interiorización del odio, hasta convertirlo en hábito y refugio identitario. En ese marco, la pluralidad es presentada como una amenaza a través de un ecosistema informativo saturado y caótico, amplificado por las redes sociales y los mass media. La mentira es utilizada como tesis argumental para atacar las libertades y los derechos conquistados, con el fin de hacerlos responsables de unos males que tienen su origen en las dinámicas de corrupción y saqueo propias de la praxis neoliberal.

Estamos a tiempo de salvarnos. No es tarde todavía. La memoria es una casa encendida que anhela ser ocupada.

 

Necesitamos reavivar un relato insurgente, de exaltación de la vida, de amor por la naturaleza; que sirva de contranarrativa a la retórica ultra y abiertamente grite no. 

No al individualismo caníbal. No al fundamentalismo económico. No a la alienación alucinada de las pantallas. No al supremacismo blanco, machista y colonial. No a la indiferencia ante el sufrimiento. No al expolio de los recursos del planeta. No y mil veces no al vasallaje de las ideas bajo el signo de cualquier dios. 

Esta época difusa, donde la inteligencia sintética avanza imparable y peligran las emociones, exige un cambio de enfoque. Ampliar el horizonte. Mirar desde el corazón. La perspectiva moldea el paisaje, como la primavera transforma un páramo en un campo de amapolas. 

Frente a la ola reaccionaria es momento de defender el pensamiento crítico, la identidad de clase, la lucha, la unidad como escudo colectivo. El sentimiento de pertenencia.

Llegados a este punto del cuento, no podemos continuar inalterables. El futuro no admite concesiones. La situación actual demanda presencia, reflexión interior, huir de la tibieza. Los responsables del genocidio no pueden permanecer impunes ante la ley, ni aparecer como héroes en los anales de la historia. Esto nos debilita como conjunto, minando la dimensión espiritual y comunitaria del sujeto como ser social.

Urge realizar un arduo ejercicio de autoobservación y análisis de todas las causas que nos configuran; ordenando, de manera sistémica, las piezas en el lugar correcto. Que cada quien ocupe su espacio en la cadena del tiempo. Sin excusas. Sin ambages.

Así se podrá redimir, aunque sea en un aspecto mínimo, el duelo de los vencidos. La humillación. La soledad. El sufrimiento. Y que la verdad incomode al poder por su carácter disruptivo. Que incomode porque al narrar los hechos sin concesiones, revele —con una claridad imposible de silenciar— el rostro de la dignidad.

Berna Píriz Macías

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