
Capítulo II: La carretera
El cielo está intensamente azul. La carretera se extiende ante nosotros como una serpiente plateada. Cada línea discontinua es una marca en su piel. Curvas, rectas, pendientes.
Fijo la mirada en el asfalto para calmar el vértigo que me provoca viajar en los asientos delanteros de la Suburban. Las ideas van cayendo. Mi cuerpo se sostiene en una quietud aparente, como un árbol crujido por el viento.
El conductor habla por radio con sus compañeros. Su voz entra y sale entre el ruido del motor y el traqueteo de la carrocería. No entiendo todo lo que dicen. Hay códigos que no alcanzo a descifrar. En conjunto, es una melodía que me agrada.
Apenas comienza a rodar la camioneta, Sonia se queda dormida. Apoya la cabeza contra la ventanilla; el movimiento hace que se venza hacia el otro lado, sobre mi hombro. La miro. El sol, como melaza que cae, ha cubierto su rostro de un barniz tostado. Está preciosa. Siento un calambre de lobo al mirarla. Un aullido que quiero retener en mí.
Qué onda, güero, ¿de dónde nos visitan? De España. Qué bueno. ¿Es la primera vez? No. Yo estuve por aquí hace años; para ella sí es su primera vez. Y recién llegan o ya vieron por acá. Pues estuvimos unos días en Ciudad de México, de ahí volamos a Mérida, recorrimos el estado de Yucatán y ayer llegamos a Oaxaca. Mucho calor por Yucatán, ¿cierto? Calor y mucha humedad, pero es hermoso, nos encantó. Y ahora, ¿van para San José? Sí, a relajarnos en la sierra. ¿Eso buscan? Claro. Y qué… ¿ya probaron el picante? Cómo no.
Vuelve a la radio. Acelera.
Observo los detalles del salpicadero. Del espejo retrovisor cuelga un escapulario de tela con la imagen de una virgen. Lleva una corona con mazorcas de maíz incrustadas, sostenidas por ángeles cuyas alas semejan las hojas de las mazorcas. Aquí el sincretismo desborda las costuras.
Un caracol decorado con formas geométricas y colores muy vivos atrae mi atención. ¿Te gusta? ¿Qué? El caracol, ¿te gusta? Mucho. Es un alebrije. ¿Un alebrije? Sí, son figuras de animales fantásticos talladas a mano en madera, principalmente de copal. Qué maravilla. Sí, puro arte.
Sube el volumen. Aparto la mirada del alebrije.
¿Cuánto queda para Miahuatlán? En veinte minutos estamos.
El viaje poco a poco me va atravesando.
De repente, una sacudida. «¡Qué pasó, güey!», grita un pasajero desde la última fila. «¡Qué hubo, jefe!», replica un señor sentado justo detrás de mí. «Pinche carretera, está de la chingada. ¡Cálmense!». «Pues vaya con cuidado, hombre» —dice una señora mientras sujeta con ternura su morral—.
Sonia despierta asustada. ¿Qué pasa? Un bache, tranquila.
Seguimos.
Llegamos a Miahuatlán.
El conductor entra en la oficina de la base de Líneas Unidas. Agarra un termo, se sirve café. Observa los bajos y el parachoques de la camioneta. Tiene algún roce, golpes viejos. Nada nuevo.
Frente al paradero hay un puesto. Compramos tunas, piña y agua de chilacayota. La tuna con sal, limón y chile. La piña natural. El agua fría.
La mayoría de los pasajeros se bajan en Miahuatlán. Dos parejas esperan en la acera con sus mochilas. Subimos a la camioneta. Nos miramos. Una ojeada basta. Mismo destino. San José del Pacífico.
Arrancamos.
Una pintada sorprende a Sonia antes de entrar en la Federal 175. Me señala con la mirada: «Al curita lo balearon por andar cogiéndose a los chavos». Dos plomazos, murmura el conductor. ¿Cómo?, pregunta Sonia. Sí, le metieron dos plomazos por el culo al pinche cura, insiste. ¿En serio? Eso dicen.
Mientras Sonia conversaba con él, busqué información en el teléfono.
Según leo, es un misionero español que ya había sido denunciado por abusar sexualmente de menores. La orden a la que pertenecía quería evitar el escándalo. Lo envió lejos: primero Perú, después México. Encuentro testimonios que lo acusan de ser un depredador. Historias que se repiten en el seno de las órdenes religiosas. Una y otra vez, cómplices.
Decido apagar el móvil.
Sonia permanece en silencio. El conductor come semillas de girasol enchiladas mientras maneja la camioneta.
Yo me dejo llevar. Que lo inevitable caiga como fruta madura, sin prisas.
La carretera se estrecha. Las curvas, cada vez más pronunciadas, aparecen tras el parabrisas. La montaña nos recibe. Las nubes cubren el cielo. El azul intenso da paso al gris.
Llueve.
Berna Píriz Macías