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Remolino abstracto azul

El túnel

Servicio completo con abrillantador y llantas, ¿sí? Por favor recoja los retrovisores y ponga punto muerto, gracias. Subo la ventanilla. No quiero el cambio ni hablar más con esa persona de sonrisa triste, no quiero que nada estropee nuestro momento. Desplazo mi asiento hacia atrás, desabrocho el cinturón de Elliot que se baja del alzador y se coloca sobre mi falda. No toques nada, ¿vale? Él asiente. No va a tocar nada porque estar al volante es cosa muy seria. La música, dice, pon la música, mami. Claro, la música, The state we’re in, nuestra canción del túnel. La música es relevante, que Elliot lo sepa, más.

El coche avanza solo, los ojos expectantes de Elliot se reflejan en la luna delantera cuando empieza la lluvia de colores. Lluvia que no es lluvia porque tiene consistencia de espuma, de algodón de azúcar. Elliot se recuesta sobre mi pecho. Mi mano imita las patas de una araña, se adentra en su pelo, remueve su olor Nenuco. La piel de su nuca se eriza, encoge los hombros. Quiero besarle pero me contengo. ¿Estás listo?, pregunto. Sí, ya vienen los monstrus, susurra. En el interior del cubículo la oscuridad y el tema de los Chemical brothers y las manitas de Elliot aferradas al volante y yo pensando que no, no es necesario ir a Disney ni comparar las zapatillas de lucecitas ni el coche ultrasónico de Batman porque eso se construye con otra materia. Elliot ríe nervioso cuando los monstruos, dos rodillos laterales de color violeta y uno superior amarillo, desequilibran el coche.

Vienen los chorritos laterales, Elliot se relaja, empieza su balanceo adelante y atrás. Yo marco el ritmo de la música en su espalda, lo hago con un dedo que le provoca cosquillas, lo hago para que cese el balanceo. El pulpo, dice, el pulpo. Los tentáculos negros y babosos del pulpo que cuelga del techo azotan los laterales del coche. Quiere atraparnos, ¿pido refuerzos?, pregunto con voz de mando militar. Elliot busca mi abrazo. No, nosotros podemos, dice solemne. Minuto cinco cero uno, dejamos atrás el pulpo, la música vibra distinto, aparecen dos enormes bocas que escupen aire. Las gotas de agua tiemblan, resbalan hacia arriba embrujadas también por el nuevo ritmo. El final del túnel y de la canción se aproxima, Elliot sabe que es un final abrupto. Por suerte aún no ha descubierto que todos los finales lo son. Pero mientras dure la canción, mientras Elliot sonría y se balancee, yo solo deseo que el mundo afuera se desintegre y balancearme con él.

Aroa Cangueiro

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