La soportable levedad de estar
Estoy contento o, mejor aún, me encuentro tranquilo porque estoy tranquilo. Lo que ya no sabría decir es si soy un tipo tranquilo o si soy feliz. Se dice que se viene al mundo para ser feliz y uno se queda tan ancho después de haber resuelto de nuevo el enigma de la existencia humana. Yo digo que se viene al mundo para estar. Para estar en el mundo. Y lo de la felicidad es un invento inalcanzable, una mentira, incluso en tiempos de paz. No digamos ya si se nace en uno de tantos rincones de la Tierra donde imperan el odio, la guerra, el hambre, la miseria. En definitiva, la injusticia humana. Aquí, en lugares de prosperidad en decadencia, nos aferramos al bienestar, a poder salir a la calle a gastar dinero o a poder sentarnos a tomar una cerveza en nuestra sala de estar. Sala de estar, no de ser.
Sería bonito tener una sala de ser. ¿Cómo será una sala de ser? ¿Un espacio tenso e intenso donde uno piensa y se piensa, se toca y se recorre el cuerpo inspeccionándose? ¿Tendría que tener un espejo donde observarse conteniendo la respiración? Porque cuando uno respira, está respirando y no es respirando. ¿O mejor todo a oscuras? Estoy a oscuras, soy a oscuras. ¿A oscuras uno es más uno mismo? ¿A oscuras delante de un espejo? Una sala de ser, qué miedo. Estar no da miedo, ser sí. Un ser es un monstruo.
Pero ya no se dice ni sala de estar. Se vuelve a decir salón, que es más pretencioso y suena a grande. Aunque uno viva en un piso de reducidas dimensiones y amueble nórdicamente su salón, con su buen chaise longue y su buen televisor. Y ahí se dedica a estar, ahí pasa las horas durmiendo siestas, leyendo, eligiendo películas, hablando con quien comparta la vida o con quienes hayan aparecido con una botella de vino.
Salimos a la calle y estamos en la calle. ¿Somos en la calle? Nos preguntan dónde estamos. Estoy en casa haciendo una tortilla de patas. Si nos preguntan de dónde somos, solo podemos decir de Murcia. Alguno, claro, cómo no, siempre hay alguno, dirá que es ciudadano del mundo. Si nos preguntan quiénes somos, diremos Francisco y ya está. Pon los apellidos si quieres. Si nos preguntan qué somos, contestaremos fontanero. También podemos contestar un cabrón. Pero poco más. Y mejor así porque son insoportables los discursos de quienes están permanentemente diciendo cómo son ellos mismos. Es que yo soy súper majo, súper generoso, súper empático. Conócete a ti mismo, quiérete y esas cosas encaminadas a ser.
Me conformo con estar en el mundo o en mi sala. Incluso la ataraxia es un estado, quizá el más estable de los estados pero ya está. ¿Soy ataráxico o estoy ataráxico? Alguien dirá este tío es imbécil. Y entonces, claro, ahí se me acaba el discurso porque la imbecilidad no es un estado, al menos no es transitorio. Uno es imbécil y se muere imbécil. Pero la muerte no es nada, uno no es ni está en la muerte.
Hasta ese momento dediquémonos a estar en paz con nosotros mismos y con los demás, a vivir y a dejar vivir, a caminar por las calles siendo conscientes, en este caso sí, de nuestra volatilidad. Uno es consciente de que ni está. Ya lo dijo Robe, que está aquí conmigo porque es inmortal. Y hoy, yo estoy mortal, insoportable en mi insoportabilidad y me niego a sentirme tan leve e insoportable como el título de la novela de Milán Kundera y por eso opto por el estar, por pura comodidad, la soportable levedad de estar.
Dante en bañador
Hispanista sureño
Mayo/2026