La canción del verano
En un artículo reciente relacionado con el clima se publicaba el dato de que en los últimos cinco años ha bajado considerablemente la percepción de gravedad o alarma ante datos objetivos del calentamiento global. Al margen de negacionistas interesados, politizados o idiotizados, el arco de población entre 18 y 25 años no ve un problema real en que, por ejemplo, en estas latitudes nos estemos achicharrando vivos desde mayo, así como tampoco andan excesivamente preocupados por otros problemas planetarios de índole biológica, es decir, por las condiciones para la vida misma en este milagroso planeta. Lo de que se estén derritiendo los glaciares y los polos eso les suena ya a cuento chino, qué coño de importancia va a tener el hielo si me vale con el que compro en sacos cuando lo necesito para el botellón. Y ya si se le pregunta a cualquiera por la opinión que les merece el elevado índice de ozono troposférico y sus consecuencias para la salud, what the fuck me estás contando.
Es normal, para quien no ha vivido otra cosa que una sucesión de veranos tórridos o para quienes andan cortos de memoria, qué van a echar de menos los veinticinco o treinta graditos a mediodía o esas noches de salir con la rebequita por si acaso refresca. No, no ha hecho siempre tantísimo calor, ni desde fechas tan tempranas, ni tan seguido de ir juntando una ola con otra: los datos científicos lo dicen. Y ahí radica parte del problema; la ciencia que vale hoy en día es aquella que no va en contra de seguir beneficiando económicamente a unos pocos. Baste recordar la temible deriva de cierto país conocido por todos.
En este panorama disgregador, donde cada uno anda con sus likes a cuestas, no vende tanto el postureo climático, eso queda para algunos frikis izquierdistas, esos rarunos que leen todavía algo, o que les suena haber escuchado campanas apocalípticas en algún lado. Sí, porque un ecologismo intelectual y científico nada tiene que ver con el mascotismo de quienes se oponen a los toros, ni con erradicar plagas dañinas como las de las verdosas cacatúas agresivas que proliferan en grandes capitales. Es difícil que haya conciencia ecológica cuando cada vez hay menos gente que sepa distinguir un gorrión de un jilguero. Incluso en entornos rurales los jóvenes ya no saben de campo y van de su barrio al centro comercial con el móvil en la mano. Los estímulos que antes procedían de la naturaleza por vía de los cinco sentidos, ahora proceden, a modo de ruido y rápidos destellos, de las pantallas. Quién ve un tiktok de puestas de sol. Sencillamente, no se puede.
Ya está aquí el verano astronómico, que es una prolongación in crescendo de un verano anticipado y deseado. Hace una semana, en un famoso parque de atracciones de una folklórica ciudad meridional se originaba una cola de dimensiones titánicas para acceder a él. Decenas y decenas de autobuses escolares se habían reunido en los espacios de aparcamiento y de ellos salían contentos cientos y cientos de adolescentes bajo los cuarenta grados que ya empezaban a alcanzarse.
Ya está aquí el verano y sus turistas se desplazan por tierra, mar y aire a donde buenamente pueden. Allá van a por todo, a comerse literalmente el mundo: miles y miles de personas pidiendo gambas en las playas; senderistas en chancletas pidiendo setas en la montaña; urbanitas sibaritas pidiendo bravas en las ramblas. Para qué preocuparse del calor y de sus causas si hay aire en bares, hoteles y casas. Por qué preocuparse de que se extingan las especies, de que esté ardiendo la selva ecuatoriana, si el resort está lleno de palmeras y la piscina tiene el agüita muy clara.
Dante en bañador
Hispanista sureño
Julio/2025