
La estrella
Bajan a lavarse al río cada vez que varón satisfecho sale del caserío amarrándose el cinto y los calzones. Lo hacen con cautela por si algún mugriento agazapado en lo oscuro de los juncos pretende abalanzarse y hurgar en sus enaguas sin pagar las monedas que Amo impone.
Cerca ya del amanecer, cuando más brilla la estrella del alba, ella aparece. Se deshace los nudos del corpiño, de las faldas. Y suelta su cabello de trigo para que el cuervo oxidado se desenrede de su pensar. En la orilla del río siente la yerba en los pies descalzos y su pecho se enciende y sus manos expertas en buscar placer van recogiendo agua, resbalándola en su intimidad y hasta el cielo se ruboriza cuando ella se vierte y devuelve al río lo que del río es.
Noche tras noche ella acata la voluntad de Amo; se entrega a deseos ajenos. Varones distorsionados desfilan por su cuerpo. De rodillas. Ponte en pie. ¡Mírame! Coro de voces oxidadas. Tumbada. No me mires. Sonríe. Cállate. El cuervo escarba el caparazón. Que me mires te digo. ¿Por qué no hablas? Sonríe. Cierra la boca. ¿Te gusta? ¡Dilo! El cuervo se adentra en su cabeza. Cállate. Abre la boca, las piernas, ábrete entera que todo te lo doy.
Queda el amanecer, desatar los nudos, soltar al cuervo oxidado, la caricia del río. Contemplar la estrella y entender que también se somete al sol pero no conoce la rendición.
Aroa Cangueiro