
La templanza
La lucidez es un don y es un castigo
Alejandra Pizarnik
Bloody Mary; vodka, zumo de tomate, zumo de limón, tabasco, ramita de apio, sal y pimienta. Agitar ligeramente. Añadir hielo. Díselo, no lo pienses más y díselo. Sonrisa. ¿Siguiente?
Apenas miraba a quienes se acodaban en la barra ante sus manos gráciles, ligeras, y le pedían una copa. Pero de alguna forma ella veía dentro de las personas, veía sus profundidades, más allá de la carne.
Pisco Sour; pisco, zumo de limón, almíbar, clara de huevo. Agitar enérgicamente hasta hacer espuma. Hielo. Más hielo. Ve con cuidado, no deberías confiar en ellos, cúbrete la espalda. Sonrisa. ¿Quién va ahora?
Yo solía observar en la distancia su largo cabello azul, sus vestidos vaporosos. Ella se movía como un ángel. Era un ángel. La luz del Nocturnal. Lo mejor de aquel antro. Nadie se explicaba lo de las frases enigmáticas, cómo hacía para adivinar los temores de los otros.
Red Russian; hielo, vodka, zumo de granada, leche. No agitar. Cuida lo importante, no te olvides de quien te quiere bien. Sonrisa. ¿Siguiente?
Ella era un ángel y tenía el don de la lucidez. Revelaba la intimidad, el inconsciente, despejaba las sombras. Pero a veces se olvidaba de dónde estaba y detenía el tiempo bailando para sí misma con los ojos cerrados. Elevaba los brazos y giraba las muñecas y movía raro los dedos meciendo hipnóticas las caderas. Era un ángel ella.
Cerveza… ¿En serio, cerveza? No lo hagas. Eso que estás pensando, no lo hagas. ¿A quién le toca?
Una noche la esperé hasta el cierre. Solo quería aclarar por qué me había dicho eso. No quería hacerle daño. Solo aclarar por qué no me había sonreído. Juro que nunca fue mi intención hacerle daño. Pero ella… ella era un ángel oscuro. Era engañosa. Una farsa. Como todas.
Aroa Cangueiro