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Capítulo I Líneas Unidas

Amanece en Oaxaca. La luz todavía no ocupa el asfalto; la mañana conserva una calma incierta. A diferencia del sofocante calor de Yucatán, aquí el aire es templado, casi una tregua. Nos envuelve esa sensación extraña de estar en un lugar que no nos pertenece y del que, sin embargo, ya somos parte.

La terminal de Líneas Unidas está a cinco minutos caminando desde el zócalo, entre las calles Xóchitl y Bustamante. El pasaje directo a San José del Pacífico cuesta 180 MXN. Nos quedan 600 MXN en efectivo: lo justo para dos billetes y desayunar en el mercado.

Unos hombres nos observan desde el interior de un vehículo. No sabemos si quieren saludarnos o nos están perdonando la vida. Si saludan, les devolveré el saludo. Si nos perdonan la vida, les daré las gracias. Sonia no es tan benevolente. Dice que está harta; se siente cosificada, acorralada entre la náusea y la rabia. Respira hondo, me mira, la miro. ¿Todo bien, cariño? Sí. Sonreímos. Nos damos la mano. Nos observan. No dicen nada.

 

Abre el mercado. Las persianas rugen. Jugo, café y chilaquiles. Hay que agarrar fuerzas; tenemos cuatro horas de viaje, aunque en época de lluvia nunca se sabe. En la calle, hay un puesto donde venden atole y panes recién horneados. Media docena y un vaso. 40 MXN. Sonia abre la riñonera, saca del bolsillo secreto 50 MXN. Buen día, doña. Salud, mijos.

 

Vamos al banco, retiramos dinero. 4000 MXN. Dividimos la carga: mitad y mitad, cada uno guarda su parte.

 

En el viaje las rutinas son necesarias, pequeños gestos que sirven de asidero y ayudan a mantener el equilibrio en la ingravidez del caos.

 

Seguimos andando. Ahí está la terminal de Líneas Unidas.

 

Compramos los billetes. Sale de la cuatro, dice la chica que nos atiende. Tenemos veinte minutos. Miramos el mapa para ubicar la distancia entre el paradero de buses en San José y el alojamiento que hemos reservado. Bebemos el atole y compartimos un pan.

 

La estación es un hervidero. Gente que va y viene. Ruido de motores. Voces que se cruzan.

 

Llega una señora con una caja de cartón llena de gallinas. ¿Sale para Pochutla? No, esperamos el de San José. ¿Por Miahuatlán? Sí. Ah, gracias. Se retira hacia otra dársena. Las gallinas golpean las paredes de la caja. Una asoma el pico por un agujero. La señora se sienta. Se ajusta el huipil. Espera.

 

Entra la suburban. Aparca. Bajan los pasajeros. Un par de muchachos descargan los equipajes.

 

Diez minutos después, la camioneta comienza a llenarse. La mayoría son mujeres. Llevan bolsas, hatillos, pequeños bultos. Regresan a la sierra con lo que necesitan de la ciudad.

 

Suban. Pónganse adelante, nos indica el conductor. Me encanta viajar en los asientos delanteros de la suburban. A través del parabrisas el paisaje se convierte en una secuencia trepidante.

 

Arranca. Hace maniobras. Un compañero le indica los movimientos. Salimos. Antes de marcharnos le pasa por la ventanilla el parte de viajeros y una Coca-Cola. Ahí tienes. Órale, carnal. Buen viaje, gordo.

 

Ahora sí. Acelera. Toca el claxon. Dejamos atrás la terminal. El pitido anuncia la partida.

Berna Píriz Macías

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