
Llorar de verdad
Cuéntale que naciste con una infección en los lagrimales y todo el rato llorabas. Tanto que madre llegó a contemplar deseosa la botella amarillo chillón guardada bajo el fregadero. Y, con los puntos aún tensos, te llevó con la abuela para reincorporarse a la fábrica porque ocho horas de pie, supervisando lo que fuese que supervisaba frente a una cinta, eran más soportables que tu llanto desquiciado. Las vecinas le preguntaban a la abuela por el patio de luces que a ver qué es lo que tiene esa niña, coño ya, que ni la novela podían ver tranquilas. Durante las siestas se acostumbró a ahogarte el chupete en una copita de Anís del Mono, la abuela. Pero una tarde le dijo a madre con esta niña yo no puedo, es que no puedo. Y a la mañana siguiente te llevaron al jardín de infancia y ahí te dejaron. Háblale del rincón de las colchonetas donde te escondías, de la pecera sin peces, del sabor de mocos mezclados con lágrimas, del calor en la cara cuando esa niña, Verónica, se acercó y te preguntó si querías ser su amiga antes de pellizcarte el brazo y dejártelo bien colorado.
Explícale también cuando el comedor de casa se llenó de gente extraña y ruidosa. Mocasines y sandalias pisoteando la alfombra de imitación persa, tu alfombra, esa sobre la que cada tarde te tumbabas para reseguir con el dedo sus cenefas, imaginando grutas secretas, escaleras imposibles. Las mujeres con permanente te besaban plasmándote sus labios rojos. Las niñas con granos de pus te negaban sus Barbies. Los hombres con barbas largas fumaban cigarros y preguntaban qué le pasa a esta niña que siempre está enfadada. Madre entonces ponía los ojos en blanco y negaba con la cabeza o se encogía de hombros. Y tú mirabas los ganchitos aplastados, los trozos de mortadela de olivas y las salpicaduras de Kas naranja sobre la alfombra; solo querías que se fueran. Pero no se iban y tuviste que esconderte en la salita, bajo la mesa camilla, y contar hasta cincuenta, repasar entero el abecedario, los días de la semana, los meses y hasta los colores del arcoíris. Díselo, ya que todo lo quiere saber y todo lo quiere registrar en esa ficha, dile que lo único que necesitabas era estar sola y, a la vez, que alguien viniera a buscarte. Cuando te diste cuenta de que los cordones de una de tus Victoria nuevas se habían desatado te entraron tremendas ganas de llorar pero una no puede llorar el día de su cumpleaños, así que te pusiste a jugar con los cordones y lo conseguiste. ¡Conseguiste atártelos tú sola por primera vez! Una lazada perfecta, impecable, la mejor lazada que habías visto en toda tu vida. Saliste corriendo de tu escondite para enseñársela a madre pero las luces del comedor se apagaron. La gente ruidosa y extraña se puso a cantar y madre sacó un pastel y ponte aquí, ordenó agarrándote del brazo, y sonríe un poco, anda, dijo antes de que alguien disparase un fogonazo.
Háblale también del chico de cuarto. De cómo llorabas cada mañana escuchando el disco de Alejandro Sanz, pensando que el chico de cuarto nunca se fijaría en ti. Pensando también en lo fácil que resulta, una vez se empieza a llorar, llorar un poco por todo. Por los ojos de la niña bosnia del telediario, por la lluvia ácida, por los gorriones que mueren al estrellarse contra ventanas demasiado limpias. Cuéntale cómo a Verónica se le ocurrió invitar al chico de cuarto a tu fiesta de cumpleaños. Cómo él se te acercó una mañana en el recreo para anunciarte que llevaría vodka. Cómo respondiste con una estúpida sonrisa. La misma que pusiste en el recibidor de casa, cuando se llenó de chavales de cuarto que ni conocías y tú tratabas de recordar a qué hora había dicho madre que volvía del cine. El disco de Alejandro Sanz sustituido por uno de Extremoduro. El vaso de zumo de piña rellenado con vodka. El comedor girando. Girando las colillas. Las latas de cerveza. Girando la alfombra imitación persa. Y ahí sentada, tú, incapaz de reseguir las cenefas porque el chico de cuarto se empeñaba en dirigirte la mano a su bragueta. Explícale cómo de pronto el portazo. Madre señalando la mancha lechosa de la alfombra. Arrojándote una bayeta, madre. Preguntándote por qué no llorabas entonces que tenías motivos para llorar de verdad.
Aroa Cangueiro