
Lo del amor
Desde entonces me ponen los tipos que saben escupir. Esa forma de endurecer la mandíbula y amasar la saliva y arquear la nuca hacia atrás y hacer de la lengua un canutillo y coger impulso y lanzar el esputo lo más lejos posible. Sí, los tíos que escupen con estilo son mi debilidad, ¿qué le hago?
Él lo hacía, escupía con estilo. Y quiso enseñarme. Y me enseñó a colocar bien alta la barbilla, a creer en lo que estaba haciendo, a confiar en mi potencial como escupidora de larga distancia. Él no entendía de esdrújulas ni de tablas de multiplicar pero sabía cómo cazar lagartijas y cuál era el mejor trecho para escalar el barranco y cuándo iba a llover. Abuelo no quería que pasara las tardes con él. Te estás asalvajando, niña, tanto andar con ese... decía sin acabar la frase. Pobre abuelo, no comprendía mi salvajismo innato. Con él la vida era fácil. Yo podía ser yo. Reír con los dientes y decir palabrotas y cosas locas como que de mayor iba a ser masajista de cebras porque pobrecitas debían estar muy estresadas. Y podía también confesar que me daba miedo la oscuridad y las estrellas, tan lejos, tan inalcanzables. Podía porque él se reía conmigo cuando me entraba la risa tonta y ponía esa mirada suya así como de abismo cuando yo tenía ganas de llorar.
Hacíamos concursos de escupitajos. Casi siempre ganaba él y casi siempre yo me enfadaba y le decía que ya no jugaba más y me largaba meneando la coleta. Pero él me seguía y espera, no te vayas, decía y se inventaba nuevas categorías; distancia, consistencia, opacidad, vuelo. Y entonces yo ganaba a veces. Así morían las tardes de verano. Cuando aún la vida era sencilla. Cuando aún no sabíamos nada de lo del amor.
Aroa Cangueiro