
Necesidades espaciales
Life goes easy on me most of the time
‘The blower’s daughter’
Damien Rice
El parque es sensacional, una cosa bárbara, el mejor lugar del mundo. Pero hay un grupo de niños. Siempre un grupo de niños que se alejan si me acerco. Yo me acerco. Los niños me miran, la jefecilla con sus trenzas de miel y sus gafas de astronauta, decide que no, hoy tampoco puedo formar parte del grupo. Y salen corriendo. Y, y, y yo chuto una piedra. Pienso en volver a acercarme a ellos pero mis pies deciden que se quedan donde están, enganchados al suelo. Entonces mamá, por suerte mamá, me hace señas para que me acerque. Miro al grupo y chuto una piedra. Me acerco a mamá que se agacha y oye, no pasa nada, cariño, dice y sostiene mi barbilla, ellos se lo pierden, dice y me atrapa los ojos, ¿quieres que nos acerquemos al puente?, dice.
El puente es una pasada, es fantástico, la cosa más genial del mundo mundial. El puente está casi tan alto como las nubes, tiene tensores de acero y unas arandelas más grandes que mi mano. El puente flota y, y, y atraviesa la cantera y tiene eco. Si dices eeeooo, te contesta eeoo. Entre los listones de madera se puede ver, abajo abajo, el suelo de rocas. Lo que más le gusta a mamá del puente es el horizonte. ¿Que qué es el horizonte? Pues esa línea del fondo, lo último que puede verse, el lugar donde se juntan los azules.
Después de atravesar el puente viene el bosque. El bosque no es tan sensacional como el parque ni tan genial como el puente pero también es chuli. Oh, espera, ¿qué es eso blanco? No puede ser. ¿Qué? ¡Es un estupendo caracol! Un caracol con una espiral perfecta en el cascarón. Lo pongo en mi mano, está frío, su movimiento me hace cosquillitas en el brazo y deja un rastro de babas resecas. ¡Mamá, eh, mira mamá! Te he dicho mil veces que no cojas porquería del suelo, Elliot, dice. Mil veces son muchas veces, mamá, además no es porquería, es un caracol, por fi, por fi, por fi, por fiiii. No, no nos lo podemos llevar, ese caracol debe tener necesidades que desconocemos, dice.
Caracol, mi casa te va a encantar, en mi habitación hay una pared llena de estrellas y, y, y tengo una lámpara con forma de cohete espacial. ¿Sabías que Plutón es el planeta más chiquitín de tooodo el Sistema Solar? Mi mamá dice que tienes necesidades. Yo también tengo de eso, las mías son necesidades espaciales. El doctor de las palabras raras se lo dijo a mi mamá. Caracol, escucha, para llegar a casa hay que subir cuarenta y cinco escalones. Normalmente yo las subo de dos en dos para tardar menos pero a veces mamá se empeña en ayudar a la vecina del bastón y tarda un montón de tiempo aburridíiiisimo. ¡Mira!, mamá te ha hecho esta casita, Caracol, ya, ya sé que es uno de esos recipientes de las aceitunas que huelen mal pero, oye, hay agujeros en la tapa para que respires y hojitas para que comas. Es que mamá siempre sabe lo que hay que hacer, Caracol. Lo siento pero me acabo de acordar de la lucha pendiente entre Spiderman y Donatello en la habitación y, y, y volveré, Caracol.
***
Arrastras las migas de la encimera con la balleta. La hueles. Es demasiado amarilla, la arrojas al fregadero, el reloj, los platos sucios, el cansancio. Miras la única manzana del frutero, la frotas contra la manga, muerdes sin ganas. Así que la vida era esto. Un día intrascendente tras otro. Y aire, aire que no llega. Sales al balcón en busca de aire, pones un pie fuera y lo notas. Notas el crujido. No, no te atreves a levantar el pie, cierras los ojos y suplicas. Suplicas, por favor, por favor que no, que no sea, por favor, que no sea el puto caracol.
Es el caracol.
Intentas lo de respirar pero no hay aire, solo vapor y la soga cercando tu garganta. La soga, la culpa, la necesidad de huir. Huir. Huir. No quieres saltar al vacío, no, no quieres reventarte los sesos contra el asfalto. Solo respirar. Respirar.
Aroa Cangueiro