
Nunca más será verano
La alarma del despertador le sorprende con un montón de ropa de verano extendida sobre la cama, abrochándose las bermudas. Elige la camisa de palmeras y piñas coladas y soles fucsias, la que se compró en Salou el verano que se divorció. Parado frente al espejo, se coloca las Ray-Ban e intenta media sonrisa que le arruga la incipiente barba. Se calza las menorquinas y de esa guisa baja a desayunar.
Prepara la cafetera y, mientras espera que salga el café, observa el cielo abarrotado de nubes a través de la ventana. Exprime naranjas y tuesta un par de rebanadas de pan. Dispone mantequilla y mermelada y el bote de ColaCao sobre la mesa de la cocina. Se sirve un café con leche y da un sorbo. Lo vuelca en el fregadero. Se acerca a la nevera y saca una cerveza. Sentado a la mesa, va pasando las páginas de El País distraído, garabatea a boli bigotes y cuernos sobre los rostros que encuentra. Se detiene en el sudoku. Carlos aparece en la cocina arrastrando los pies, estira los brazos, se sube la cremallera de la sudadera y, antes de coger una tostada y untarla de mermelada, se rasca los huevos.
—¿Tú, qué? ¿No sabes decir buenos días?
—Necesito cincuenta pavos.
—¿Cincuenta?
—Cincuenta.
—Puedes coger cien de mi cartera.
—¿En serio?
—En serio.
Carlos mastica deprisa, se frota las manos y sopla dentro de ellas.
—¿Estás seguro?
—Seguro.
—Puta madre. ¿Dónde tienes la cartera?
—Arriba, en mi cuarto, sobre la cómoda o en la mesita.
Cuando Carlos abandona la cocina, él apura el botellín y sale al jardín. El termómetro exterior marca seis grados. En el cielo ya se intuyen algunos relámpagos, la tormenta se acerca. El césped le humedece los dedos de los pies. Cruza el jardín hasta el cobertizo, activa el interruptor, la luz atraviesa el fluorescente con un escalofrío. Aparta varias cajas hasta dar con la que busca. Saca las gafas de bucear, el tubo. Saca la sombrilla y la colchoneta y el inflador y las sillas de playa. En una bolsa de rafia encuentra un bote de bronceador, lo destapa, lo huele, se unta una capa sobre los antebrazos, en la nariz y en el resto de la cara.
Carlos lo descubre en el jardín bajo la sombrilla, respaldo reclinado, ojos ocultos tras las gafas, piernas estiradas una sobre otra, brazos tras la nuca. Entra al cobertizo y vuelve con la otra silla de playa. Se sienta a su lado, se ajusta la capucha y cruza los brazos sobre el pecho. El cielo ruge. Las primeras gotas producen un ritmo inarmónico. Una ráfaga de viento arranca la sombrilla y la arroja contra la verja. El aguacero los empapa. Él se retira las gafas de sol y orienta las palmas de las manos al cielo. Carlos aprieta contra el pecho el sobre del hospital que ha encontrado en la mesilla de su padre.
Aroa Cangueiro