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Image by Yona

Pan de leche

Cuenta los cuadraditos de la manta. Ciento ocho. La tejió ella durante la espera. El punto es suelto y su dedo cabe perfectamente. Lo mete y lo retuerce hasta que la lana cede y el agujero se ensancha. Da media vuelta, sus lumbares se resienten pero si se pone boca abajo le duelen las tetas y mancha el sofá. Así, ladeada, podrá aguantar al menos una hora y media o dos. Y todavía quedarán dos horas largas hasta que él vuelva. Deja colgado el brazo y palpa las vetas de roble envejecido del parqué y también algunas migas de las galletas Príncipe que mordisqueó antes.

Lleva cuarenta minutos posponiendo ir al baño. Se levanta y el salón oscila a su alrededor. Se desplaza por el pasillo apoyándose en las paredes, evitando mirar la puerta cerrada de esa habitación. En el baño, se baja los leggins, las bragas, sentada en la váter se concentra en la intersección de dos baldosas y endurece la mandíbula. Aunque no hay mucha sangre, se cambia la compresa. Al incorporarse tropieza con su imagen en el espejo. Intenta atusarse unos mechones pero sus dedos se enredan en la maraña quebradiza. Desiste. Se lava la cara, coge el cepillo de dientes pero lo vuelve a dejar en el vaso y se enjuaga la boca con agua del grifo. Parada frente al espejo, su mirada se desliza a los dos círculos húmedos dibujados en la camiseta. Se la sube. Sus pezones son demasiado oscuros y gruesos, demasiado rodeados de venas. Una gota blanca traza una grieta en el centro de ellos. La gota adquiere redondez, se colma y resbala. Ella la recoge con el dedo. La huele antes de llevársela a la boca. Se mira fijamente los ojos en el espejo. Desde el quicio del baño se asoma al pasillo, mide los pasos que la separan de la puerta cerrada de esa habitación.

Cuando él llega encuentra varios recipientes usados y unas varillas, el paquete de harina volcado en medio de la encimera. Sentada en el suelo, ella, con las piernas cruzadas y el rostro iluminado por la luz anaranjada que proyecta el horno. Él se agacha y le da un beso en la coronilla.

—No sé si es bueno que te sientes así.

Él se quita el abrigo, lo deja sobre el sofá y se adentra en el pasillo. La puerta de esa habitación está abierta. Aún huele a pintura fresca. Aunque está a oscuras él adivina la silueta de la cuna aún precintada, el cochecito, el lazo rodeando el cuello del oso gigante. Cierra la puerta. En la cocina, ella le mira con ojos entornados. Se desata el delantal y lo deja caer al suelo. Está desnuda de cintura para abajo. Sonríe raro cuando le hace una seña para que se acerque. Él se acerca sin estar seguro de querer hacerlo. Ella le rodea el cuello, le muerde el labio inferior. A él le disgusta el olor agrio que desprende su boca. Ella se impulsa, se sienta sobre la encimera con las rodillas separadas.

—Oye...no…

—No digas nada.

Él mira el techo incapaz de tragar saliva. Ella le desabrocha el cinturón, baja la cremallera, se concentra en el ritmo, la presión. Él no sabe qué hacer con sus manos. Ella si sabe qué y cómo hacerlo.

Ella dirige sin importarle la quemazón ni las lágrimas de él ni el dolor en las lumbares cuando apoya los talones en la encimera y mueve la pelvis adelante y atrás, arriba y a abajo.

—Ya vale, tía, huele a...

Él intenta zafarse pero ella aferra su camiseta en un puño.

—... a quemado.

Ella le empuja, se baja de la encimera, se arrodilla frente al horno. Un hilo de sangre gotea en el suelo mientras contempla la costra negra sobre el pan de leche.

Aroa Cangueiro

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