top of page
Alitas de pollo en copa

Pollo frito

​Entra decidida. Se acerca a la máquina, toquetea, pasa la tarjeta y recoge el ticket que la ranura escupe. Espera. Yo no puedo más que celebrar la existencia de esos restaurantes que exhiben a sus comensales, que los expone como estúpidos peces atrapados en acuarios. Ella saca su móvil del bolsillo y se pierde en la pantalla. Las personas con capacidad de abstracción que se dejan estudiar a placer son siempre mis preferidas. Gestos nerviosos, puños de sudadera raídos, coleta hecha con desgana, pie apoyado en el carrito de bebé, movimiento constante, casi imperceptible. Cuando la dependienta grita su número guarda el móvil. Duda si acercarse sola al mostrador o arrastrar el carrito hasta allí y luego qué, qué hacer con la bandeja. Son seis pasos a lo sumo pero el carrito no se deja nunca solo. Sostiene penosamente la bandeja y, con el dorso del antebrazo, empuja el carrito hasta la mesa junto a la ventana.

Tres piezas de pollo frito doble rebozado extra crunch. Patatas y Cocacola XXL. Hay grasa en su pelo, en su cara, en sus dedos. No puedo verlo, claro, pero apuesto a que también hay grasa en la pantalla de su móvil. Porque ella con una mano agarra una pieza de pollo extra cruch pero, con la otra, sigue deslizando el dedo por la pantalla del móvil. Ve vídeos, vídeos cortos a juzgar por las contracciones de sus pupilas. Alguien mostrando cómo sobrevivir en el bosque con un dentífrico, una cuerda de tender y un rollo de Albal. O una receta de tempura de carabineros con mayonesa de lima y kimchi. O un flipado explicando cómo invertir en criptomonedas O una chalada hablando de cómo mercurio retrógrado te va a joder la semana. Termina la pieza de pollo. Se lame el pulgar. Vuelca las patatas sobre la bandeja plástica. Las sopesa decepcionada y se lleva una a la boca. Deja el móvil sobre la mesa para abordar la nunca fácil tarea de abrir una bolsita de ketchup. No lo logra; grasa en sus dedos, grasa en el envase. Prueba con los dientes. Éxito. Estruja el ketchup sobre las patatas. Se lleva dos de ellas a la boca. Toma el móvil de nuevo. Tres patatas. Chupe de Cocacola. Pollo frito. Un vídeo más. Éxtasis. Patatas. Vídeo. Cocacola. Patatas. Pollo. Cocacola. Vídeo. Es su rostro la pura felicidad. Patatas. Cocacola. El pollo frito se termina. Solo queda un culín de Cocacola y tres patatas que ella rejunta sobre la bandeja antes de llevárselas a la boca y reclinarse en el asiento.

Es entonces cuando su mirada encuentra la mía a través del cristal. No la retira inmediatamente como cuando dos miradas desconocidas tropiezan y resulta incómodo. Ella la sostiene. Entiende que ese irrelevante momento va a ser contado. Lo que aún no sabe es por qué. Más tarde, días o semanas más tarde, extenuada, cuando haya explicado su versión innumerables veces a los mossos, a las psicólogas, a su novio, cuando su mente enferma haya repasado la secuencia hasta la locura intentando averiguar quién se llevó a su bebé, quizás entonces recuerde mi mirada. Y me maldiga. Porque yo lo había observado todo pero qué puede hacer un simple narrador más que contarlo.

Aroa Cangueiro

bottom of page