Menina da rua
- Juanse Chacón
- 16 jun 2016
- 4 Min. de lectura
Por aquellos años hubo días en los que dormía abrazada a la pelota. Tan intenso era su sueño, que no podía desprenderse ni un solo momento del olor del cuero, ni de las costuras deshilachadas de su balón, que parecían bocas. Pero el balón resistía mil batallas, mil recreos y tardes de deberes sin hacer. Ella era un delfín entre las piernas de los muchachos, dos piernecitas chicas que más que patear, acariciaban el esférico, lo manejaban con sutil gracia, con una especie de salto, trote, distinción. No hay presente más absoluto que la jugada y la tarde por delante sin la presión de los padres y el colegio. Solo sonrisas y patadas, solo Menina da Rua y sus amigos.
Se había corrido la voz por las calles de Sant Andreu: había una niña brasileña de no más de diez años que jugaba como una diosa. Hay padres que después de verla, miraban a sus hijos con lastima, pensando que ya podrían estudiar para notarios para sacarlos de pobres. Cada día de aquel verano del 98 se aglutinaba más gente para ver a la Romaria, la Bebeta, la Maradona, cada cual la llamaba a su modo, aunque ella nunca aceptó ser llamada de otra manera que no fuera Menina, Menina da Rua. Ante las preguntas de los curiosos respondía lo que le daba la gana. Si le preguntaban por su familia, contestaba que podía jugar al fútbol durante diez horas seguidas sin cansarse. Si seguían insistiendo, venían los toques: uno, dos, veinte, cincuenta, cien. Empezaba el furor, las palmas, el balón no tocaba suelo, siempre infernal girando sobre sí mismo, cómplice del destino de los pies de la niña prodigio. De los pies al cuello, silencio, del cuello se lo pasaba a la cabeza, y otra vez las palmas, los toques, cierta chulería inofensiva, fotos, hasta que se hartaba y sin venir a cuento propinaba un patadón a los cielos. Corría, corría bien lejos.
En clase no prestaba atención y se llevaba mejor con los niños que con las niñas. Todos querían tenerla en su equipo en el recreo, pero el problema era que desnivelaba el partido. Marta, la profe de Educación Física, la espiaba desde los ventanales del pasillo. Cuando le tocaba vigilar el recreo, disimulando atender la conversación de sus compañeros, se embobaba mirando a Menina. No le gustaba el fútbol, pero lo que hacía su alumna emocionaba, pues desprendía una predisposición del espíritu, un vitalismo, una sabiduría. Menina se mordía la lengua, regateaba, driblaba, engañaba, asistía con suma elegancia o la dejaba pasar como una maga. Sabía meter cuerpo y no se cortaba si el momento del partido requería dureza. Pero por lo general danzaba, apuraba los minutos de la libertad antes del siniestro silbato que llamaba a filas, a doblar las piernas como una señorita anhelando una guerra de tizas.
Multiplicar o dividir para qué servían. Ella solo quería oler a césped, meter los dedos en el barro, ahorrar para comprarse una buenas botas y expresar al mundo lo que sentía. Marta decidió por su cuenta llevar a la niña a unas pruebas del Barça. Llamó a sus padres y aunque no se negaron, no se mostraron muy entusiasmados. Menina, después de hablar con Marta, se fue llorando del colegio. Llorando de alegría. Intentó reprimir el llanto, pero se desbordó arrodillándose en la acera con el mochilón en la espalda, y pensó en el futuro, en los goles que metería con su zurda divina, con los hombros, con la cabeza, de chilena...
Faltando un mes para las pruebas se entrenaba todo el día. No aparecía por clase pero Marta consentía y la tenía fichada. Se bajaba a la playa y jugaba hasta caer la noche. Nadaba, corría pegada al cuero, descalza, con sus diminutos pies vendados. Los turistas se quedaban asombrados y ella sonreía, una felicidad despampanante ante las fotografías. La intensidad de los días mandaba. La concentración de los mejores momentos. La soledad, la libertad, los gestos de superación, la fe en una misma. En la pequeña tele de su habitación ponía los programas de fútbol y anotaba en su mente los movimientos, los desmarques, los pases de la muerte, los potentes disparos que retumbaban. En mute, para no despertar a los padres, trasnochaba. Desayunando devoraba en un parpadeo un tiburón y un zumo de naranja. Con apenas tres horas de sueño volvía a los terrenos de juego, a la vida callejera de volear latas de cerveza y todo lo que se pusiera de por medio. El fútbol como una actitud de vida para la pequeña maravilla.
En uno de los días que le dio por volver al colegio, para que no fuese un descaro, Menina se quedó dormida en la clase de Religión y su ronquido, descomunal, parecía el de un rinoceronte. Xavier, el profesor, mandó callar las risas, pero el ronquido se convirtió en un gemido, en un lloro que desconcertaba en medio de las parábolas. “La Romaria está soñando, no la despierten”, decía Xavier. Era una pesadilla atroz, una lesión de rodilla, una rotura de ligamentos que había visto por la tele la noche pasada. No llegaría a ser la mejor futbolista de la historia. Se ahogaba. Gritó. Se despertó bañada en mil lágrimas queriéndose morir. Aunque faltaba un cuarto de hora para el cambio de clase, Xavier les invitó a que se fueran al patio, y se quedaron solos Menina y él. Las palabras de su profesor la tranquilizaron aunque ese día no tocó balón y se mantuvo ausente como una nube, de esas ausencias que da gusto contemplar.
Finalmente superó las pruebas. Al cabo de los años debutó en primera división con el Barça. Tiene un par de rituales para antes de salir al verde. Y en ninguno de ellos se olvida de los profesores que la dejaron dormir y ausentarse, entender que no todos viven sus sueños de la misma manera.
