Zoroastro
- 26 jun
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Actualizado: 23 jul
No hay absolutos. Solo él que toma la palabra, improvisa y se fía de su intuición. Avanza como un actor que tiene integrado el texto, recreándose en cada réplica, hallando en cada pase un nuevo sentido. Contempla, tras la oscuridad de la platea, ojos relucientes de vivos y muertos. No hay pose en su acción, ni gesto de más; sí máscaras en determinadas escenas, pero quién no se esconde a veces para sobrevivir. Ya no hay evasión y la muerte de su dios ha sido dura. La muerte de su juventud también, aunque no tanto.
En este sol de la tarde arde el mar, amado Friedrich. Quién pudiera revivir contigo en Portofino la revelación, piensa. Sigue ardiendo ese mediodía totalmente tiempo sin meta y arderá para siempre siendo totalmente solo juego; es el espíritu que transforma, devora páginas y escribe.
Se descalabran sus pensamientos, asume el tiempo trágico y violento. Un ser de luz ya no puede arrastrar más las rodillas. No vale huir ni abstraerse esperando utopías. Ya cruza el puente y lo que hay es una nueva batalla mientras los niños gritan para romper las paredes de las aulas.
No quiere más susurros ni mecerse desprevenido, no quiere transitar la Tierra como un fantasma mientras la maquinaria de los días es controlada por cretinos. Solo desea que lo acompañe Zaratustra, ya van los dos sin ser vistos, ya son solo dos gotas al fondo del paisaje compartiendo camino, las palabras más silenciosas son las que traen la tempestad.
