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Image by Christina Rumpf

Zaratustra

Tenía la expresión mohína de quien ha vivido en la mierda. El pelo ralo, grasiento, con caspa. Los dientes amarillos hincados en la mandíbula inferior y una lela sonrisa. Que ya tiene nombre, se llama Toby, dijo la voluntaria pero tú lo rebautizaste como Zaratustra. Te llevaste a casa al chucho más esmirriado de la perrera, lo metiste en tu bañera, lo secaste con tu mejor toalla, le recortaste los pelillos alrededor de los ojos con tus tijeritas de la barba y de los huevos. Y, aunque sabías que a los perros no se les puede dar chocolate, le preparaste un bikini de Nutella con queso. Esa fue tu forma de decir, eh, somos colegas.

A Marta no le gustó Zaratustra. Que me mira raro, decía. Que me da igual que sea bizco y mire raro a todo el mundo, que ya es la tercera noche que me lame los dedos de los pies con esa lengua áspera, que por qué te has dejado crecer las patillas, que qué te cuesta echarlo de la habitación cuando follamos, que no vuelvo a quedarme a dormir, eso decía la exagerada. Pero cómo ibas a cerrarle la puerta a Zaratustra con esos ojillos que se le ponían cuando Marta se bajaba las bragas y esa forma de menear el rabo. No, Zaratustra es colega y a un colega no se le niega cruelmente el placer. Marta se cansó. No volviste a ver a Marta.

En el parque, Zaratustra era el puto amo. Le enseñaba los dientes a cualquier podenco, es que le daba igual que fuese un pitbull o un pequinés, buscaba el lío con todo quisqui. Empezaron a mirarte mal los poseedores de perros. Que por qué no le pones un bozal, que lo ates, joder, que por qué hueles tan mal, que ese perro es peligroso, que lo lleves al psicólogo y de paso ve tú también a ver si te arreglan la gilipollez, eso decían tan dignos. Pero bajo ningún concepto tú ibas a ponerle un collarcito ni atar y/o someter a Zaratustra por ladrar un poquito o gruñir un poquito o marcar un poquito el cuello de esos perros pijos. Zaratustra era un perro asalvajado, un perro auténtico.

Tus colegas se burlaban de vosotros. Que sí, tío, que es clavado a ti, mira, mira, vuelve a tirarle el humo, mira, tu misma cara, tío, decían cuando venían a jugar al Fifa. ¿Y si le damos Red Bull? ¿Y si le damos eme? ¿Y si nos ponemos Nutella en la polla? ¿Y si te duchas, nen?, eso decían los muy subnormales. Entonces te diste cuenta de que hay colegas y colegas. Dejaste de jugar al Fifa. Dejaste de quedar con estos.

 

A tu jefa no le sentó nada bien lo de la renuncia. Que eres pieza crucial en el equipo, que solo tú sabes cómo implementar los add-on, que siempre hemos creído en tu potencial, que te doblo el sueldo. Pero la decisión era firme. Con el finiquito compraste la cantimplora con resina catiónica, la linterna con dinamo, la placa solar, el Columbia y la navaja suiza.

 

Ahora, en el parque, los jubilados andan cabreados porque no pillan ni un solo espárrago. Qué se jodan. El parque es vuestro territorio. No se os escapa ni una paloma, tú las derribas a golpe de tirachinas, Zaratustra las apresa en su mandíbula. Ahora Zaratustra te respeta. No hace falta más.

Aroa Cangueiro

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